jueves, 3 de enero de 2019

La llamada de la cigarra (Variación sobre una leyenda de Bécquer). Relato de Fulgencio Martínez





LA LLAMADA DE LA CIGARRA
(VARIACIÓN SOBRE UNA LEYENDA DE BÉCQUER)

              Por Fulgencio Martínez
para Avenio



Las cigarras masticaban a dos carrillos su pan de dulce cuando este agricultor

avezado que es mi amigo saltaba de dos en dos, a 2oo kilómetros por hora, los

abertales murcianos, camino de la Mancha.



Desde hacía ya tres años se había retirado de su profesión – médico de las aguas

en el progresivamente modernizado y burocrático Balneario de Archena S.A.

Erixímaco – así me gusta llamar a mi amigo, por convenirle la moderación y el

epíteto de sabio en la ciencia médica de ese personaje de El banquete platónico – se

dedicaba a sus recreos y diversiones y a sus “experimentos botánicos” en una antigua

heredad, una finca de campo, difícil de localizar, entre los términos de Fortuna y Ojós.

Las horas del día las pasaba allí, y las nocturnas en su casa de la ciudad, que contaba

de rica biblioteca, tesoros de pinturas y licorería fina. Ya no era aquel galán de antaño,

frisaba nuestro buen Erixímaco los sesenta; aunque parecía tener diez menos. Era alto

y había sido nadador. En los meses que precedieron a la aventura que os voy a contar,

había engordado un poco, mas continuaban ante él las mujeres sintiéndose cada una

doña Inés. Ya no tenía clientes especiales, a las que recibía de particular, pero no había

quitado aquel cartel de su puerta.

Pues ocurrió que no encontrándose solución adecuada contra cierta sarnilla que

estaba radiándose por la ciudad (cuya causa quienes atribuían a una insuficiente

depuración del agua, otros a una silenciada invasión de mosquitos que había asolado, a

principios de ese verano, un barrio periférico próximo al río), la gente que no estaba

obligada se iba, y los que veraneaban en la montaña o en la costa el calor ya los

ahuyentaba de volver, ni siquiera unas horas, por aquí. En Murcia, por agosto no se

puede entrar a la calle.



En otra situación las circunstancias le habrían quizá convertido en héroe a mi

amigo (¡no era poco admirador de la prosa de Albert Camus!), pero instigado por

cierto cansancio filosófico se acostumbró a no escapar de noche de su retiro bucólico.



Tuvo durante unos días una visita agradable, oyó mucho el cantar de los pájaros

nocturnos, paseó, leyó; dormía cada vez menos.



Al cabo de dos semanas comenzó a reír continuamente. Podaba un rosal cuando

la risa le goteó en las manos. Sonaba, dentro de casa, el teléfono, y esto le salvó de

reparar más de la cuenta en ese asunto.



¿Así que su amiga no volvería, como le había prometido; que pasaría la última

quincena del mes en Soria, con unos parientes, o quizá ha dicho con sus suegros?

¿Añadió que se encontraba ya allí, bajo una arboleda cerca del Duero? ¿Añadió que

estaba desnuda, ofreciéndose al sol, mirando a lo lejos y viendo la cumbre del

Moncayo, el pobre Moncayo austero y sereno los casi trescientos sesenta y cinco días

del año? ¿Le invitó a ir, urgentemente, a la finca de su primo en cierta localidad

soriana? Mientras galopaba en su auto Erixímaco, repasaba esta conversación.

Improvisadamente, en su libro de ruta, había incluido Las Pedroñeras, el encuentro allí

con un amigo que bajaría de Madrid para comer juntos ante una buena mesa. “No me

preguntes qué quiero comer, sino con quién”. Las palabras del duque de Nocera,

anfitrión y mecenas de Gracián, le venían a su ánimo, espoleándole, divirtiéndole el

humor, alternándose con una variación jocosa: “No me preguntes qué lejos quiero

comer, sino con quién”.



Bien provistos de mutuos deseos de suerte y de buen yantar, se despidieron los

amigos. Erixímaco volvió sobre sus pasos y, tras dejar Albacete, por Fuentelahiguera

pasó al reino de Valencia. Una fuerte tormenta de verano le alcanzó cuando encaraba

Alcañiz. Paró en una plaza con balcones mudéjares, y adivinó a lo lejos, en el cielo

aragonés, los colores de un arco iris desvaneciéndose. El tiempo hasta Zaragoza estaba

despejado.



En el altiplano de Soria la luz es una fruta de invierno, que llega muy pronto a

su sazón. Las anochecidas de agosto acostumbran a ser templadas, con un punto de

brisa que algún trovador ha comparado con la suave piel del mar Mediterráneo. Para

su sorpresa, Erixímaco vio, en una huerta, limones verdes que apretaban su zumo en la

rama.



En fin Soria le pareció familiar; el castillo más famoso, la aventura que era más

digna de emprender.



Quiso cenar en la misma ciudad y perderse, luego, unas horas por sus calles de

piedra. Fumar un cigarro frente a la Audiencia, seguir los pasos, lentos, de Antonio

Machado.



Dejaría para mañana su encuentro con la náyade del Duero, su reloj daba las

doce al unísono con el reloj de la Audiencia. Durmió plácidamente; recuperando el

descanso perdido.



En la posada con repujos de hotel los desayunos se servían en una salita

acristalada donde vio ya Erixímaco, al entrar, a cuatro personas sentadas. Saludó al

tiempo que abría el periódico que se había llevado de un mostrador del hall. A los

tipos de aquella mesa no parecía importarles que oyera él sus comentarios, pues se

producían a voces, más agudas y molestas, si cabe, a esa hora prima para el viajero

pacificado. Nunca Erixímaco pensó proferir una inconveniencia al rogarles “señores,

por favor, pueden gritar más bajo”. Lo que sucedió fue que uno de los cuatro tenores,

un vecino de Tarazona que daba dentelladas a un hojaldre, mientras rivalizaba en

locuacidad con otro que parecía el Ramonet de Orihuela, se levantó con el gesto

sonriente y le dijo “mucho gusto me da volver a verle, doctor”.



¿Se acordaba de aquel Matías que fue celador en los chorros cuando aún era un

celemín, y al que él le daba, “como un padre”, algunos consejos y direcciones para

quitarse el virgo? Ahora tendría que oír la historia del errante archenero. Rogó, otra

vez, que tenía prisa.



– ¿Qué le hace a usted tener tanta aína por dejarnos, si aún no se ha

desayunado?

– Mira, Matías; quizá puedas informarme. Quiero llegar a un lugar que le dicen

El susto del conde. He de encontrarme allí antes de la diez y media.

– Bueno, fácil lo tiene, doctor, y difícil si vale mi creer. Está a no más de quince

minutos en dirección a Ágreda, pero ha de subir la colina del Temple.

– Hasta luego, entonces, Matías.

– No vaya solo – le apretaba la mano el antiguo pupilo. Eríximaco, con un gesto

de su profesión, se desprendió y escribió sobre un margen del periódico la seña

recibida.

– ¿Volveremos a vernos? La zozobra del buen vecino de Tarazona no le hizo

mella al emplazado, que mantenía un sereno dominio de sus expectativas. Pronto

abrazaría a la libidinosa princesa del Duero… aunque se conjuraran contra él todos los

demonios y todos los espectros en ayunas de los templarios.




Del libro de relatos de Fulgencio Martínez "El taxidermista y otros del estilo".

domingo, 16 de diciembre de 2018

Soledades y Campos de Castilla. A Antonio Machado. Poema de Fulgencio Martínez


                         

          A ANTONIO MACHADO


Soledades y Campos de Castilla
guardan recuerdos alegres y tristes
de nosotros, los lectores que fuimos.
Éramos aún ayer adolescentes.

No pasa el tiempo: pasamos nosotros                                                                y en el espejo en el que nos miramos 
nos vemos como un niño que en la noche
de una fiesta se pierde entre el gentío
.

La vida sabe herirnos en lo más hondo,
mas guarda siempre el hilo de esperanza
que un día dio a nuestro vivir refugio.

Aunque vamos solos después de oírlo,
no vamos solos, nos acompaña él
con las lluvias de abril y el sol de mayo...




Fulgencio Martínez